Vivir en la calle: José y Gladis, el amor en la era del drama

Es la una de la madrugada y Gladis se está bañando bajo la oscuridad de la plazoleta Sarmiento. Tiene 46 años, es madre de siete hijos, y para bañarse tiene que esconderse en el rincón de la plazoleta que forman dos paredes: una de ladrillos huecos con un grafiti descascarado y otra con el fondo…

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Es la una de la madrugada y Gladis se está bañando bajo la oscuridad de la plazoleta Sarmiento. Tiene 46 años, es madre de siete hijos, y para bañarse tiene que esconderse en el rincón de la plazoleta que forman dos paredes: una de ladrillos huecos con un grafiti descascarado y otra con el fondo blanco y las letras como las de Acción Poética que dice: “Los derechos humanos son pertinentes para todos cada todos los días”.

Mientras Gladis se echa agua tibia o fría sobre el pelo todavía anaranjado de la última vez que lo tiñó, José va y vuelve llevándole el agua en un bidón cortado de agua Nestlé. Dos de los cinco postes de luz de la plazoleta titilan. Las luces de las ventanas de las casas que lindan están apagadas. Apenas crispan las tablas de madera de los cajones de verdura que hacen el fuego para calentar el agua en una lata ya negra por el uso. Pero nada más. Nadie ve a Gladis mientras se baña esta madrugada, nadie la ve mientras come la vianda que ha dejado una iglesia evangélica, nadie ve cuando tiene que agacharse para no chocar su cabeza todavía húmeda con el plástico que hace de techo.

Es un plástico que José y Gladis han puesto por encima del colchón y las dos colchas que los protegen por las noches. Debajo de la sombra del único árbol de la plazoleta, al lado de los bancos que simulan una sala de estar al aire libre, José y Gladis reciben a eltucumano.com: “Hace ocho años que estamos juntos pese a todo. Nos conocimos una noche en el boliche Camboriú, frente a la terminal de ómnibus. Desde ese día no nos soltamos más. Mire”, dice José, de 33 años, mostrándome el tatuaje que dice Gladis en el antebrazo derecho como el tatuaje que dice José en el antebrazo derecho de Gladis.

Antes de empezar la entrevista a la intemperie, Gladis barría la plaza alrededor del árbol. José había ido a golpear las puertas de los vecinos consultándoles si necesitaban que les cortara el pasto: “Vivimos el día a día así, con lo que él pueda hacer de plata para comer. Yo me quedo para cuidar las pocas cosas que tenemos. Es la primera vez que estamos en la calle, don. Desde hace dos semanas aprendimos a dormir con un ojo abierto para que no nos quiten lo poco que tenemos. Antes vivíamos bien: alquilábamos una casita en el barrio Policial por 2 mil pesos al mes. Yo limpio casas y con mis ahorros pudimos comprar una cocina eléctrica, ropa de cama y hasta un lavarropas”.

José y Gladis comenzaron a vivir en las pensiones más baratas de Tucumán cuando una noche, denuncian, un grupo de personas le reventaron la puerta y literalmente desvalijaron la casa: “No quisimos volver más ahí y nos fuimos con lo puesto. Yo fui a buscar a una de mis hijas, pero me dijo que no tenía lugar. No me podía quedar porque no tenía cama. ¿Sabe lo que hice, don? Me llevé la ropa que me quedaba y que aquí la tengo. Es horrible quedarse en la calle. Nunca le hicimos mal a nadie. ¿Sabe lo que es pasar el Día de la Madre sin una visita? ¿Sin una flor?”, se quiebra Gladis mientras José prende un Rodeo que fuma con nervios porque sabe que es el turno de contar su historia.

“He tenido una infancia muy dura, señor. Supe que mi mamá me vendió cuando era bebé. Y que la familia que me adaptó no me quiso más cuando crecí. Me golpeaban sin razón, yo no sé pelear, mire las marcas que tengo en la cabeza. Yo soy de Tafí Viejo, mi papá de Santa Rosa de Leales, pero en ningún lado me recibieron. Una vez me dejaron inconciente y ya no volví más. Tuve un problema con las drogas durante un tiempo pero después nunca más. A mi mamá me gustaría preguntarle por qué nunca me quiso, qué le hice, qué esperaba de mí, porque nunca me hizo un regalo cuando era chico, por qué permitía que me pegaran mis hermanos. Yo tengo un retraso madurativo como se dice, pero no sé cómo sacar una pensión por discapacidad. Mire si la quiere cobrar mi mamá. ¿Por qué me haría eso? Eso le preguntaría, don”, rompe en llanto José, solloza como un chico, como si le diera vergüenza, lágrimas que se corre con el dorso de las manos y se seca en la ropa que le huele a ollín, toda una escena que se rompe cuando un perro de la calle se le mete entre las piernas y empieza a lamerle las zapatillas que le regaló un vecino, unas Vans que le quedan apretadas, pero acá no hay quejas: “Se llama Puchi”, dice José. “¿Cómo se va a llamar Puchi si es machito?”, le dice Gladis. “Bueno, le pongamos Negro”.

José y Gladis, pese a todo, protagonizan una historia de amor en medio del drama que viven millones de argentinos y argentinas expulsados a la calle durante los últimos años del gobierno de Mauricio Macri que llega a su fin el 10 de diciembre. Al drama nacional se suma el detalle de que, en Tucumán, el número de personas en situación de calle se ha incrementado notablemente durante estos últimos doce meses y no tienen dónde dormir. Cerraron dos albergues: el del municipio, que funcionaba bajo las tribunas del ex autódromo del parque 9 de Julio, y el que estaba ubicado frente a la plaza Independencia (24 de Septiembre al 400).

“Nosotros no queremos que nadie nos dé nada, don. Hemos perdido la casa que alquilábamos y al estar en la calle la gente nos mira de reojo. Anoche tuve que salir a echar a un chico que estaba con pasta base allá, en la Alberdi. El otro día entraron a robar a una vecina. Los ojos se posan en nosotros, pero por suerte la Policía encontró al ladrón. De a poco los vecinos empezaron a saludarnos pero todo cambió cuando una chica se acercó y quiso mostrar en las condiciones que vivíamos”, explica José, en mención a Carolina Ramos, vecina del barrio, quien simplemente no podía dormir las noches de lluvia sabiendo que ellos estaban ahí, del otro lado de la pared, bajo un árbol, sin siquiera una carpa todavía, mirando el cielo todo el tiempo a ver si llueve o no.

Carolina Ramos sacó su cámara de fotos y retrató la vida de la pareja en las condiciones inhóspitas en las que viven: esas fotos han circulado en las redes sociales y, como siempre, han generado diversas reacciones. Son fotos que tenían como única misión transmitir el pedido de Gladis, quien logró hacer unas horas limpiando la casa de una vecina, juntar 300 pesos y comer un par de días con eso, el pedido de José que necesita una bordadora para cortar el pasto y poder cocinar algo más que guiso de arroz con pollo, y fotos que también han llegado a la Dirección de Espacios Verdes, quienes han corrido de la plazoleta a Gladis y José. Ya no están ahí. No hay rastros de su paso. Nadie sabe ahora dónde están. Qué comen. Ni qué pasa cuando cae la madrugada.

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